Cuando John, mi compañero de piso, me ofreció pasar un fin de semana en la casa de sus padres en Wexford dudé un poco, al fin y al cabo no somos lo que se dice amigos íntimos, no hemos hablado demasiado durante estos últimos meses y nuestra relación es más de coexistencia que de convivencia, pero me dijo que sería divertido porque una de sus hermanas organizaba una especie de “día en el campo” con distintas actividades para recaudar dinero y construir un “day care”, una guardería para los niños de la zona, y además Maki también se apuntaba, así que al final acepté.
Mi primer error fue creerme el SMS de John que decía “salimos el sábado temprano sobre las 9 ó 10”, que hizo que me volviera pronto la noche anterior y madrugara para estar a las 9 duchado, desayunado y listo para salir, porque a esa hora no había nadie despierto en la casa; fui víctima de la famosa jugada 13-14, un fallo de principiante en el que no es la primera (ni la última) vez que caigo. Me armé de paciencia y estuve haciendo tiempo hasta que al final conseguimos salir pasadas las 11.
El segundo fallo del día fue suponer que íbamos a Wexford City, la ciudad donde John nació y que cuenta con un puerto bastante importante; en realidad el destino era Wexford, pero County (el condado) ya que la casa de los padres de John está en medio de una colina a unos tres kilómetros a las afueras de un pueblo de 7.000 habitantes llamado New Ross, es decir, en pleno campo y un sitio al que no es recomendable llevar zapatos.
En el viaje de ida hicimos varias paradas, la primera para ver a una amiga de John que está a punto de casarse y que nos enseñó la granja del que va a ser su marido, nos metió al establo de las cabras para que las viéramos y las tocáramos, y luego al de los cabritillos recién nacidos; John y ella estaban muy acostumbrados a los animales, pero Maki y yo no demasiado, así que nos sentimos un poco incómodos allí entre tanta mierda de cabra, perros y demás animales.
La segunda parada del día fue para ver este árbol metálico que está allí en medio de la nada, sin ningún cartel que indique qué es o qué representa, la gente simplemente se para en el arcén, hace la foto y se va.

También pasamos por la casa del abuelo de John Fitzgerald Kennedy, que ha sido convertida en museo turístico con sus placas conmemorativas indicando que el nieto alguna vez estuvo allí visitando a sus abuelos y su bandera americana y todo; estos irlandeses de cualquier cosa hacen un monumento. La casa estaba cerrada por ser sábado, pero gracias a que John conocía a los que la gestionan y que viven en el edificio de al lado, pudimos entrar al patio y hacer alguna foto:

La verdad es que las casas de la zona, por lo menos las que visité, que fueron la de los padres de John y las de sus hermanas, me encantaron, por fuera tienen un aspecto un poco cochambroso pero el interior es muy acogedor, todas de una sola planta, forradas en madera por dentro, hechas a lo grande ya que allí el espacio les sobra y sobre todo enormes praderas y paisajes alrededor.
De la casa de los padres de John me quedo con está habitación:

Es una especie de anexo a la casa, donde antes estaría la terraza y se llega a ella a través de una cristalera, así que las cuatro paredes son enormes ventanales desde donde se pueden ver los prados que pertenecen a la casa y donde tienen las ovejas, alrededor de 50, el número exacto no lo sé porque cada vez que me ponía a contarlas me quedaba dormido (perdón por el chiste malo):

También tenían un par de cobertizos, ahora usados como almacenes de trastos, pero en tiempos habían llegado a tener miles de gallinas, cerdos y algún bicho más que no recuerdo.

Aquí John y Maki con un cordero recién nacido:

Por la tarde subimos a la cima de la colina desde donde se divisaba paisaje precioso desde donde se llega a ver el mar los días claros


y luego bajamos al
arboretum Kennedy, un parque precioso, con zona infantil, columpios y un laberinto hecho de setos, y el arboretum en sí, infinidad de árboles de todas clases, etiquetados como en un jardín botánico, pero a lo grande; este parque tiene 252 hectáreas, más del doble que el Retiro








Justo antes de ir a cenar pasamos por la finca en la que se iba a organizar al día siguiente el festival para recaudar fondos y echamos una mano a colocar alguna cosa, como los bolos de madera y a revisar el circuito para el plato fuerte del día: la “Wife carrying competition”, básicamente una carrera en la que los hombres tenían que llevar a cuestas a la novia, esposa, amante, querida, etc y sortear diversos obstáculos.
Después nos fuimos a cenar a casa de una de las hermanas de John, otra finca a un par de kilómetros del pueblo pero en sentido contrario. Allí me eché una amiga: Mollie, la sobrina de John de 7 años, un cielo de niña muy simpática y atenta, y la persona a la que yo mejor entendía y la que mejor me entendía a mí de todos los presentes, me contó algunas cosas curiosas sobre la vida allí, entre ellas que en su clase había sólo tres chicos y ella, y así eran casi todas las clases del colegio; todo lo contrario fue su hermano pequeño Tom, que entre que aún no pronunciaba correctamente y que tenía un acento irlandés bastante cerrado (confirmado por John) me resultaba imposible comunicarme con él.
En lo que preparaban la barbacoa le eché un vistazo a una canasta de baloncesto que tenían en el patio y al enterarse de que me gustaba el deporte en seguida sacaron un balón y nos pusimos a jugar; a pesar de ser el único balón que había visto en toda la isla no se me dio mal e incluso pude hacer un par de jugadas “marca de la casa” para dejar bien alto el pabellón español.
Luego estuvimos comentando con unas cervezas lo que nos esperaba al día siguiente, a John le había tocado ser el juez en el concurso canino y estaba bastante nervioso, de hecho prácticamente no habló de otra cosa en todo el día.